martes 17 de enero de 2012

Una visita cualquiera


Isaac tiene 11 años y la capucha de su sudadera le ensombrece la cara. Cuando le miro pone cara de duro, pero no le sale. De vez en cuando me mira de reojo y disimula. Su hermana, de 9, es más descarada y me pregunta y se ríe. Isaac reúne las fuerzas y se decide a preguntar: “y si denunciáis a esta empresa, ¿la podéis cerrar y la gente sale a la calle?”. Lo que Isaac no sabe es que ésa empresa se llama Estado Español y que la gente que allí está encerrada no debería estarlo.

Isaac está esperando junto a su madre y su hermana a visitar a un tío suyo que está internado en un CIE. Isaac sigue preguntándonos a su madre y a mí acerca de todo el proceso de detención, expulsión, obtención de papeles, etc. Le pica la curiosidad, pero sus ojos revelan que empieza a ser consciente de que le han dicho que es diferente y se lo está creyendo. Su hermana es aún pequeña y no piensa en eso. “Yo soy de Quito, ¿sabes?”. Me espeta con acento madrileño. “No mijita usted es española”, rápidamente le corrige la madre entre risas y Yaiza sonríe tímida.

Cuando se acerca el policía nacional y pide los números que vamos a visitar le damos nuestros documentos, los niños agarran las manos de su madre y miran al suelo. Mientras esperamos a que las visitas previas salgan los niños están callados. Entramos y como mi cabina es la sexta, les saludo al pasar delante de la suya. Mientras esperamos que lleguen los internos, la policía revisa las cosas que la gente les lleva: ropa, revistas o gel y champú. Cuando les toca el turno, la madre de Isaac y Yaiza le da al policía la bolsa. Empieza a revisar y echa para atrás los productos de aseo por no ir en un envase transparente. Al coger la carta que los hermanos le había preparado al tío la mira desconcertado. El sobre hecho con una hoja de cuaderno y celo le desconcierta. Rápidamente Yaiza lo coge y empieza a abrir el sobre empezando a temblar. “Es sólo una carta para mi tío” repite varias veces en voz baja Isaac. El policía se da cuenta y les dice a los niños que no pasa nada, que no hace falta que la habran. Pero Yaiza no puede parar y entre temblores le enseña el contenido del sobre al policía. Éste lo coge, lo pone con la ropa y cierra la mampara de metacrilato.
Desde dos cabinas más a la derecha veo toda la escena. Trato de que Yaiza me mire para sacarle la lengua, pero ya sólo mirará al suelo, incluso durante los 30 minutos escasos que dura la entrevista con su tío.